Réquiem por un país

Por Francisco Barcala
Texto de Análisis y Debate

Las posibilidades de un futuro cercano.

El país al que nos referimos, décimo cuarto en extensión, con una superficie aproximada de dos millones de kilómetros cuadrados y con una población cercana a los 120 millones de habitantes según los datos de los últimos censos de población, es uno de los países de habla hispana más grande del planeta, donde además se hablan un promedio de 70 lenguas indígenas propias de la nación, es uno de los destinos turísticos más importantes de América Latina y el decimotercero más visitado del mundo. (Fuente: Wikipedia)

Hoy, con gran pesar, el mundo llora por la agonía de un país. Un país que fue, durante muchos años, referente Latinoamericano en materias tan diversas como la Cultura, el Deporte, la Economía, el Turismo y otras más. Productor incansable de artistas en todas las áreas: Cine, Literatura, Música, Teatro, Danza, cuna de grandes deportistas, famosos y exitosos en todo el mundo: Boxeadores, Futbolistas, atletas, clavadistas, punto de reunión de artistas de otros países, cantantes, actores, directores, escritores.

Pero esta agonía, no se está dando por causas naturales. Este país está siendo asesinado.

Sí, asesinado. El país del que hablamos, languidece embutido en sus peleas internas, en luchas intestinas y fratricidas, en discusiones sin sentido, en insultos, guerrillas inútiles desde trincheras infecundas. Cada día, se le asesta un nuevo golpe desde distintos frentes. Desde frentes aparentemente discordantes entre ellos, pero que causan un mismo efecto: la lenta extinción de la otrora potencia latinoamericana.

El país se envenena desde adentro, desde sus entrañas más profundas, con un Gobierno corrupto, inútil, una maquinaria anquilosada, cara, inútil, en muchos sentidos, discordante entre dependencias, con leyes constantemente cambiantes que llevan al país de un lado a otro cada seis años, con gobernantes estúpidos, ignorantes, arbitrarios, vacilantes, lentos y contradictorios en la toma de decisiones.

Pero hay otra infección que consume a este país, que lo derrumba con la misma eficacia, con armas distintas, pero tan poderosas como las anteriores.

Y esa infección es su propio pueblo. Es triste, sí, pero su propia gente está asestando golpes cada vez más nocivos a la vida de este ya fatigado país. Con su apatía, con su eterna lamentación de sus interminables desgracias, con su perenne agresión a las instituciones, pero sin propuesta, sin realizar la labor que, como legítimos propietarios de esta tierra, les, nos corresponde. Sí, me incluyo porque no puedo ser tan indolente y presuntuoso al sustraerme de mi responsabilidad social.

Dedicamos horas, días, semanas a quejarnos en las redes sociales, a crear páginas, grupos, imágenes criticando al gobierno y culpándolo por todo lo que hace o deja de hacer.

Atacamos sistemáticamente cualquier propuesta, pero no buscamos unirnos realmente para realizar otra que sea mejor.

Nos burlamos de nuestra selección, pero no perdemos ocasión de faltar a la escuela o trabajo para ver un partido y tomar unas cervezas con los amigos.

Compartimos por medio de las redes sociales cualquier imagen que se burle del Presidente o de cualquier funcionario de Gobierno, pero nos olvidamos de hacer nuestra labor diaria, eso por lo que nos pagan por hacer.

Criticamos al Presidente por inculto, por no leer, por no saber el nombre de la Capital de un Estado, pero tampoco leemos, ni buscamos cultivarnos.

Fiscalizamos el pésimo nivel educativo de nuestras escuelas, pero no hacemos nada por subir el propio.

Alegamos que no se nos paga “lo justo” por nuestro trabajo, pero intentamos que el plomero, el mecánico, el artista o el campesino, nos “haga una rebaja” por sus servicios o productos.

Señalamos los errores, sí, garrafales, de nuestras “autoridades”, pero no movemos un dedo por corregir los propios en nuestros empleos. Hacemos las cosas “al aventón”, nos quejamos de que “mañana es lunes” y añoramos toda la semana la llegada del “viernes”.

Detectamos los pequeños fallos en los demás. Pero olvidamos que nosotros no somos perfectos.

Pedimos “cortesías” para todo, para el cine, para el Teatro, para las carreras, para cualquier cosa, pero negamos una moneda al anciano afuera del metro.

Asistimos a cualquier evento gratuito, pero olvidamos dejar una “cooperación” para los artistas cuando la solicitan.

Nos quejamos de los altos índices de delincuencia, pero permitimos que nuestros hijos salgan a emborracharse cada fin de semana y conduzcan estando borrachos, porque es más fácil que educarlos y corregirlos.

Lloramos por la muerte de 20 personas en una inundación, pero tiramos el celofán de la cajetilla de cigarros en la calle.

Le mentamos la madre al vagonero del metro que pone su música a alto volumen, pero hacemos fiestas en nuestros departamentos hasta altas horas de la noche, no importando si el vecino tiene que levantarse a las 4 am para ir a trabajar.

Señalamos el alto costo del transporte público, pero rallamos el asiento del trolebús. Alegamos lo “bruta” que es la gente, pero no tenemos la educación de dejar bajar a los pasajeros de un vagón antes de subir nosotros.

Decimos cuán mal educados están los jóvenes de hoy, pero no cedemos el asiento a la anciana que sube al autobús, nos hacemos los dormidos cuando la persona con discapacidad llega junto a nosotros en el “Metrobús”

Lloramos la muerte de Gabriel García Márquez, aunque jamás hayamos leído uno solo de sus libros. Despotricamos contra Andrés Manuel López Obrador, pero nunca hemos analizado sus propuestas, mentamos madre contra el P.A.N. pero no nos tomamos la molestia de estudiar cada plataforma electoral, amonestamos al PRI, al América, al Jefe de Gobierno, al Delegado, a los Pumas, al Cruz Azul, al vecino, al Sacerdote, al barrendero, al empresario, al Senador, a cualquiera que se nos pone enfrente o… mejor aún, a cualquiera que está de moda agredir, pero lo hacemos desde la comodidad de nuestras computadoras.

Planeamos marchas, plantones, manifestaciones donde detenemos el tránsito, cerramos negocios y peor aún, cometemos actos vandálicos en contra de negocios que lo único que hacen es intentar sobrevivir a una terrible, profunda y prolongada crisis, sabiendo que al gobierno, eso no le afecta en nada, que jamás un político se preocupará por esos manifestantes, por el contrario, culpará a unos cuantos y les aplicará una ley que después, nosotros aprovecharemos para lanzar consignas de “LIBERTAD A LOS PRESOS POLÍTICOS”

Ese es el país en que estamos viviendo. Ese es la nación que está envenenándose por dentro, que está cada día más cerca del abismo de la indolencia, de la apatía, del descontento social, de la guerra de ideas que no van a ningún lado.

¿Es duro pensar en ello? Sí, mucho. Y lo peor, es que puedo estar casi seguro, que serán pocos, MUY POCOS los que lleguen hasta este punto de mi escrito, porque “es demasiado largo”, porque nos da flojera leer, porque es más importante mandar el mensaje de “amor y reconciliación” de Paulo Cohelo que compartir lo que realmente despierta conciencias. Porque es más sencillo dar “Me gusta” en páginas de “estrellas” de televisión que en blogs de ciencia, de arte.

Es triste. Sí. Mucho. Porque donde antes había personas que realmente se preocupaban por todo esto, había intelectuales a los que la gente les hacía caso, había artistas que se preparaban, que se rajaban el alma, que dedicaban su vida al arte más que a las apariencias, al “glamour”, hoy existen seres que se enajenan con un partido de una Selección mediocre, inservible, incapaz de mantener un nivel digno de una patria como la nuestra.

Y como dije… es triste pensar que serán pocos quienes lleguen a este punto, que serán pocos quienes reflexionen, compartan estas opiniones, hagan viral este texto porque… qué flojera leer a Barcala.

Es triste, sí… mucho. Pero afortunadamente, estamos a tiempo. ¡Sí! Estamos a tiempo de cambiar esta situación. El paciente, nuestro país, aún puede recuperar su salud.

Los medicamentos están en nuestras manos. La receta es económica. El tratamiento un poco doloroso, cansado, pero efectivo.

Como principal paso, debemos dejar atrás nuestra apatía. Debemos dedicarnos a construir más que destruir. Debemos, inexorablemente, dedicarnos a trabajar incansablemente, desde cualquiera que sea la trinchera que nosotros mismos elegimos para luchar: el arte, la ciencia, la industria, la política, la empresa. Es innegable que para ello, tenemos que prepararnos, ninguna lucha se puede ganar sin una estrategia definida.

La educación posiblemente sea mala, pero podemos ser autodidactas, leer hoy en día no cuesta tanto como parece. No es lo ideal, pero si no podemos comprar un libro, podemos leerlo “en línea”, podemos acceder a cientos, miles de bibliotecas públicas, podemos compartir con nuestros amigos cercanos nuestro conocimiento, nuestro acervo.

Es imperativa la necesidad de colaborar con crear un ambiente de esperanza, pero no la esperanza ridícula de que podremos salir adelante sólo con desearlo. Es indefectible que para ello, hay que participar vivamente en cada acción que se emprenda para hacer de éste, un país próspero, boyante. No será cuestión de unos días o unos meses, probablemente ni siquiera de unos años, pero tenemos en nuestras manos la posibilidad de colocar los cimientos de un crecimiento real. Está probado que el actual Gobierno no lo hará, pero para que el pueblo pueda exigir, pueda lograr un cambio real, primero debe cambiar desde dentro. Sí, podemos disfrutar de un partido de fútbol, pero también de un libro, de una telenovela, pero también de una obra de Teatro, de una fiesta, pero también de un concierto, de una cerveza, pero también de horas dedicadas al aprendizaje, de un chocolate, pero también de un día dedicado a limpiar nuestra calle, de compartir con aquellos que menos tienen, la posibilidad de alcanzar una mejor forma de vida.

¿Utópico? Sí. Pero necesario.

Creo que esto que hoy comienzo con un escrito de, hasta ahora 1,617 palabras, pueden convertirse en 1,617 acciones. Sé que aún falta mucho por escribir, hay muchas, muchísimas cosas más que debería poner en este texto, pero creo que también, es hora de poner manos a la obra desde mi propia trinchera para lograr los cambios que tanto considero importantes.

¿Estás conmigo? Pues entonces, empecemos ahora. ¿Qué propones? Derrocar a este mal, no será fácil, pero podemos lograrlo.

Francisco Barcala
Ciudad de México.
15 de junio de 2014

De Madrugada

De madrugada…

 

El frío calaba los huesos. Adrián pensaba que pronto llegarían por él. Siempre se tardaban más de lo necesario, pero ésta vez ya era mucho. Aquella oscuridad era muy profunda. Apenas podía verse a unos pasos de su posición. Cada minuto que pasaba sentía más y más frío. Una voz le hizo brincar. Una voz femenina dulce y seductora. ¿Qué si tenía un cerillo? Tal vez en la bolsa de atrás del pantalón. No, en la del frente de la chamarra. Sí. Un encendedor. Cuando lo accionó y lo acercó al cigarrillo pudo ver unos labios rojos, una sonrisa tierna y una mano suave. ¿Qué cómo me llamo? No quería ponerse nervioso. Sus padres no tardarían en llegar por él. Tenía diecisiete años y ella parecía de más de treinta. Debía aparentar serenidad si quería platicar con ella y tal vez obtener su número de teléfono.

 

Mientras hablaban de tonterías Adrián pensaba qué podía hacer una mujer como ella a esa hora de la madrugada fuera de una discoteca cerrada. Claro que él estaba en la misma situación, pero él era hombre.

 

Los faros de un auto iluminaron un segundo la escena, pudo verla, era hermosa, usaba un vestido rojo entallado, sin nada más que la cubriera. ¿Dices que no tienes frío? ¿En serio no quieres mi chamarra? Era extraño, pero cada minuto que pasaba él sentía más y más frío.

 

Sintió que pasaban dos o tres horas hablando, ya estaban sentados en el piso. Olvidó que esperaba a sus padres, olvidó que la disco no había abierto, que les había mentido para poder ir con unos amigos a tomar y que lo habían dejado ahí para que sus papás lo buscaran y no tener problemas. Olvidó que unas horas antes había estado bastante tomado y que había sentido ganas de volver el estómago. Olvidó que no había terminado la tarea. Habló durante horas con aquella mujer. Hasta que ella se levantó y dijo que era hora de marcharse. Le pidió su teléfono. No podía llamarla, pero lo vería todas las noches a ésa misma hora en ese mismo lugar. No pudo decir nada, cuando lo intentó, ella se había marchado.

 

Era irónico que en el mismo lugar donde encontraron el cadáver de Adrián, muerto a causa de una congestión alcohólica, unos meses antes hubieran encontrado el cadáver de una chica vestida de rojo muerta por las mismas causas.

 

 

Francisco Barcala

Enero 1990

El Escritor….

El Escritor.

Aún era temprano, las 11 de la noche cuando mucho, y él estaba acostumbrado a acostarse muy tarde. Pero esa noche tenía sueño. El tercer capítulo de su novela le traía la cabeza revuelta. No podía terminarlo. Y tenía cita con su editor en la mañana.

El suave olor del café lo relajó. El sonido ronroneante y monótono de la computadora le producía un letargo. En la habitación de junto su mujer dormía profundamente, podía escuchar su respiración. Cuánto deseaba estar a su lado y descansar. No estaban casados, pero tenían muchos años, tal vez demasiados, viviendo juntos. Ella era su principal inspiración y su mayor obstáculo.

Las continuas peticiones de dinero, ropa y los deseos de Claudia de tener hijos lo habían obligado a conseguir un trabajo de medio tiempo como maestro de Español en una secundaria, aún así no alcanzaba, y su poca concentración en la novela que hacía mucho tiempo escribía, no le permitían obtener más recursos.

Algo tenía que hacer. Releyó por quinta vez el capítulo tres, uno de los personajes tenía que morir para desatar la trama de los capítulos siguientes. Pero no sabía cómo matarlo. Sexta lectura. Nada. El vacío en su mente se acentuaba conforme pasaba el tiempo. Las doce. Otro café. Séptima lectura a las doce y treinta.

Se terminaron los cigarros. Estaba desesperado. Se levantó y fue a la habitación, Claudia fumaba cigarros “ligth”, no le gustaban, pero era lo único. Prendió el cigarrillo y en la oscuridad observó a su mujer. Mientras fumaba la idea tomó forma en su mente. Ahora sabía cómo hacerlo. Tomó una almohada de la cama, la de su lado, no se dio cuenta que una viruta de ceniza cayó justo en la nariz de Claudia unos segundos antes de colocarla sobre su rostro. Claudia despertó y lucho, no mucho, solo unos segundos… Luis presionaba más fuerte cada vez.

Regresó a la computadora y borró todo el tercer capítulo. De todos modos no le había gustado. Empezó a escribir… –Roberto entró a la habitación de Luciana, mientras terminaba su cigarro, la mató asfixiándola con una almohada, sin remordimientos…-. Mientras tanto el cuerpo de Claudia empezaba a enfriarse en la habitación de al lado, Luis sonrió. Por fin terminaría la novela. Solo un poco más.